1.1. ¿En qué consiste el seguimiento?

Tu plan de seguimiento médico variará en función del tipo de tumor, su localización y estadio. Es importante que dialogues con tu médico para conocer los pasos propuestos y los motivos para establecer un plan consensuado por ambos. El especialista diseñará el seguimiento más apropiado para ti, pero conviene que te informes al respecto para estar más implicado y motivado en el control de tu enfermedad y de los síntomas.

En general, los estudios de control que se indican periódicamente en los años siguientes después de finalizar los tratamientos son los siguientes:

  • Completar el historial clínico a través de preguntas de seguimiento, actualización de antecedentes médicos y exploración física. Los datos clínicos comunes a muchos tumores y que pueden hacer pensar en una recaída se conocen como «síndrome general». Se asocia a cansancio, inapetencia y adelgazamiento y a la aparición de un dolor mantenido o un sangrado con la tos, en el vómito, la orina o las heces. En cuanto al examen físico, el médico realiza una revisión exhaustiva, principalmente de la zona en la que estuvo el tumor, y una palpación en busca de ganglios aumentados de tamaño. También presta especial atención a posibles secuelas de la quimioterapia y la radioterapia. Por ejemplo, la quimioterapia puede afectar a la función de algunos órganos, como el corazón, especialmente en el cáncer de mama. En las personas que recibieron radioterapia en el cuello o el tórax se vigila la función del tiroides, y si se realizó en las zonas abdominal o pélvica puede preguntarte sobre tu hábito intestinal si sospecha que existe riesgo de diarrea o de mala absorción de los nutrientes.
  • Analítica de sangre, que incluye hemograma y bioquímica. Con el hemograma, el especialista puede detectar una anemia, que podría indicar la presencia de un tumor ulcerado y sangrante, algo habitual en los tumores digestivos. Con la bioquímica se puede descubrir una alteración de ciertos componentes que podría indicar daño o la aparición de un tumor en ciertos órganos, fundamentalmente en el hígado y el riñón.
  • Marcadores tumorales en la muestra de sangre. Tras el tratamiento del cáncer su valor suele normalizarse y una elevación, sobre todo si se confirma en determinaciones sucesivas, puede ser un aviso de reaparición del tumor. Los más usados son:
    PSA, en el cáncer de próstata, Ca125, en el cáncer de ovario, antígeno carcinoembrionario (CEA), en el cáncer colorrectal y otros tumores digestivos, alfafetoproteína (AFP), en el hepatocarcinoma y el tumor germinal de testículo no seminoma, gonadotropina coriónica humana (HCG), en el coriocarcinoma de testículo y la mola hidatídica gestacional, cromogranina A (CGA), en tumores neuroendocrinos, tiroglobulina, en el cáncer de tiroides, B2-microglobulina, en el linfoma no Hodgkin.
    Es importante que sepas que los marcadores tumorales no tienen suficiente validez diagnóstica, dado que pueden elevarse por causas no tumorales y ser normales incluso con recurrencias extensas.
  • Estudios de imagen. Con ellos se vigilará la localización del tumor original y los órganos a los que es más probable que pueda extenderse. En la mayoría de los casos, se hace una tomografía axial computerizada (TAC), torácico-abdómino-pélvica, y en sustitución de esta, una radiografía de tórax y una ecografía abdominal. En función del cáncer que hayas tenido te recomendarán unas pruebas u otras. Por ejemplo, en el de mama el estudio más específico es la mamografía de la mama donde estuvo el tumor y de la contralateral; en los tumores cerebrales, la resonancia magnética cerebral o bien el TAC cerebral; en sarcomas de partes blandas, la resonancia magnética; y en tumores ginecológicos y urológicos, la ecografía o la resonancia.
  • Estudios con radioisótopos. Se utilizan en el rastreo de tumores endocrinos. Así, en el cáncer de tiroides se realiza una gammagrafía con yodo radiactivo, en tumores neuroendocrinos con octreótide y en el linfoma con galio 67. La tomografía por emisión de positrones (PET) con 18 flúor-deoxiglucosa (FDG) es una prueba muy sensible para detectar cáncer, pero generalmente no se utiliza de forma rutinaria en el seguimiento.
  • Estudios endoscópicos. Permiten visualizar el lugar donde estaba el tumor primario y detectar si hay algún hallazgo en zonas próximas. En caso de encontrar lesiones, el especialista puede tomar una muestra de tejido (biopsia) para que el patólogo la analice y dé un diagnóstico.

Es importante que sepas que ninguna de estas pruebas tiene capacidad para detectar los restos microscópicos del tumor y que, hoy en día, no existe ningún estudio que garantice al cien por cien que no haya quedado absolutamente ningún foco tumoral. Sin embargo, que las pruebas sean normales es muy positivo, y que estos resultados se mantengan en el tiempo (al menos cinco años tras la operación) será indicativo de que el tumor ha sido completamente erradicado.

Las revisiones suelen hacerse cada tres o seis meses durante los dos primeros años

Las revisiones suelen hacerse cada tres o seis meses durante los dos primeros años. Después del quinto año, las citas con el médico tendrán lugar cada seis o doce meses. Posteriormente la periodicidad será anual, pero siempre teniendo en cuenta que los pacientes que han pasado por una cirugía radical, en la que se ha extirpado todo el tumor visible, requieren generalmente seguimientos menos estrechos que aquellas personas que tienen una enfermedad persistente que no se ha podido operar.

En todas las visitas es habitual que se lleven a cabo una entrevista de seguimiento, una exploración física, una analítica y, según el tumor, una determinación de marcadores tumorales. Los estudios de imagen suelen realizarse cada seis o doce meses y los endoscópicos, anualmente o cada dos años. Si existe algún síntoma o signo de sospecha, probablemente el médico pedirá que se realice algún estudio más específico.

El hecho de que el seguimiento sea más exhaustivo y frecuente en los dos o tres primeros años se debe a que, en la mayoría de los tumores, el riesgo de recaída es más elevado durante esta etapa. Después va disminuyendo progresivamente y, aunque puede haber recaídas tardías pasados cinco años, es muy poco habitual que esto ocurra. A partir de los cinco años de remisión te considerarán un «largo superviviente» y tal vez, en este momento, finalicen las revisiones, aunque también es posible que continúen de por vida.

 

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